Todos guardaban algún secreto en el vecindario, pero
el mío era el más descarado: jugaba al ajedrez con las horas en la mesa del
comedor. Mientras la luz de la tarde moría tiñendo de ámbar el tablero, Cronos
se materializaba frente a mí, desprendiendo un olor a papel viejo y frío. Serví
dos dedos de coñac en un vaso de cristal grueso; el aroma denso, con notas de
roble y uva pasa, flotó en el aire pesado, anticipando el descanso que vendría
al terminar la última gota.
—Vaya balanceo que te traés al mover los peones,
pareces un péndulo averiado —me soltó el Tiempo, y el roce de sus manos
invisibles hizo crujir la madera.
—Son los obsequios de acumular inviernos, querido —le
respondí. El roce áspero de la madera tallada de mi caballo resonó en el
silencio mientras me acomodaba las gafas—. Es la gran ironía de la biología:
cuando la juventud se larga, te inundas de novedades que jamás solicitaste. Lo
que antes te faltaba, ahora te estorba.
—¿Te referís a ese sutil concierto de carraspeos que
ensayás cada mañana sin estar enfermo? —ironizó, arrastrando una torre con un
chasquido seco.
—Exactamente. Andar con el paso vencido, la voz rota y
esos dolores que pasaron de ser simples llamadas de atención a transformarse en
invasiones de jornada completa. Cada amanecer debuto con algo: un surco inédito
en el rostro, un fármaco de potencia industrial que tintinea en el pastillero o
un pestañeo involuntario a mitad de una jugada. Al principio les hacía un
funeral dramático, pero ahora los acepto como parte del mobiliario.
Mi visitante movió su alfil. El hielo imaginario de su
aliento hizo sudar el contorno de mi vaso.
—He notado que tus proyecciones a una década se
esfumaron del tablero.
—¿A una década? —solté una carcajada que terminó en un
eco ronco—. Planificar mi agenda más allá del almuerzo ya me parece un acto de
extrema rebeldía. El futuro distante se convirtió en literatura fantástica. La
verdad es que venimos de fábrica con un sello de caducidad idéntico al de los
lácteos de la nevera. Hace unos días renové mis credenciales oficiales por otra
década completa. Firmar ese plástico no fue asegurar un mañana; fue una timba
pura contra el destino. Estoy seguro de que los dioses sufrieron un ataque de
risa allá arriba.
Le di un golpecito burlón a mi torre de madera y miré
a mi rival con una mueca socarrona, disfrutando el sabor del licor en la lengua
antes de hablar.
—Apuesto lo que quieras —añadió con un tono mordaz—.
El plástico bancario sabe perfectamente que mi rentabilidad expiró. Mi permiso
de conducir junta polvo porque los oficiales de tránsito se aburren de
perdonarle la vida a un tipo de cabello blanco, y el carné de salud me agenda
las revisiones médicas para mediados del próximo siglo... ¡un auténtico chiste!
En las oficinas financieras ya no me fían ni el bolígrafo barato y cuando
camino por la acera me saludan con un respeto que suena a plegaria religiosa.
Por eso mandé todo al diablo y cambié la estrategia: ahora compro en plan de
urgencia absoluta, de a poquito y al día. Sé muy bien que unas zapatillas de
lona de tienda de barrio o esta misma almohada vieja donde apoyo la espalda me
van a sobrevivir. Toda mi existencia cabe ahora en una mochila de viajero
ligero.
El Tiempo tamborileó sus dedos etéreos sobre el borde
del tablero, haciendo que un peón negro vibrara levemente antes de preguntar:
—¿Andás sin fondos de reserva entonces?
—Los canjeé por una silla mecedora frente al vidrio.
Olvidé las finanzas digitales para enfocarme en los trámites del descanso
definitivo. Contemplo el tránsito de la calle como un transporte que ya no me
interesa abordar. Mis transacciones actuales son alimentos para la jornada,
páginas para la semana y esta botella de coñac para inspirarme. Si adquiero
zapatos, exijo que su suela sea de corta duración. Ya no me interesan las
garantías de por vida; una sola existencia me parece más que suficiente, muchas
gracias.
—¿Entonces la vajilla fina se queda guardada?
—preguntó, amenazando a mi rey con un golpe firme de su reina.
—A estas alturas, cada minuto es una gala o ninguno lo
es. Ahora prefiero despilfarrar en placeres mundanos: el aroma de este trago al
caer la tarde, un relato picante bien narrado o una melodía vieja que me engañe
haciéndome sentir de veinte años. Solo invierto en lo que se evapora al
instante: miradas cómplices, silencios compartidos y carcajadas limpias. Me
volví un derrochador absoluto de tus minutos, y no siento ni una pizca de
culpa. Me burlo en la cara de tus manecillas.
Solté una carcajada sabrosa, un estallido ronco y
pleno que retumbó en las paredes desnudas de la cocina, disfrutando el
desconcierto en el rostro invisible de mi oponente.
Giré el vaso, apurando el último sorbo ardiente de coñac que me entibió el pecho y me invitó, por fin, a buscar el sueño. El Tiempo sonrió, dándose por vencido por esa tarde, y se diluyó en la penumbra del tablero.
El anciano caminó con calma hacia su habitación, celebrando su
pequeña victoria diaria. Se fue a acostar y, antes de dormirse, apagó las luces
y contó hasta diez.
Nota del autor:
“El texto que les comparto, nació de una
paradoja: la vejez suele pintarse como un tiempo de pérdidas, pero ¿qué pasa
cuando descubrimos que en realidad nos llenamos de novedades?
Esta es la
crónica de una tarde cualquiera en la cocina de un hombre que decidió dejar de
ahorrar futuro para empezar a derrochar presente, que busca
explorar la vejez desde la trinchera de la ironía y el desapego material.
Inspirado en la premisa chejoviana de "mostrar antes que contar", el
texto sustituye los datos estadísticos de la edad por texturas cotidianas: el tintineo del pastillero y el aroma denso del coñac,
construyendo un diálogo donde el protagonista no teme al fin del viaje, sino
que lo celebra sorbo a sorbo con su coñac.
Espero que puedan oler el
coñac y escuchar el crujido de la madera"


