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martes, 15 de septiembre de 2026

Hoy jugué al ajedrez con el Tiempo y...


Todos guardaban algún secreto en el vecindario, pero el mío era el más descarado: jugaba al ajedrez con las horas en la mesa del comedor. Mientras la luz de la tarde moría tiñendo de ámbar el tablero, Cronos se materializaba frente a mí, desprendiendo un olor a papel viejo y frío. Serví dos dedos de coñac en un vaso de cristal grueso; el aroma denso, con notas de roble y uva pasa, flotó en el aire pesado, anticipando el descanso que vendría al terminar la última gota.

—Vaya balanceo que te traés al mover los peones, pareces un péndulo averiado —me soltó el Tiempo, y el roce de sus manos invisibles hizo crujir la madera.

—Son los obsequios de acumular inviernos, querido —le respondí. El roce áspero de la madera tallada de mi caballo resonó en el silencio mientras me acomodaba las gafas—. Es la gran ironía de la biología: cuando la juventud se larga, te inundas de novedades que jamás solicitaste. Lo que antes te faltaba, ahora te estorba.

—¿Te referís a ese sutil concierto de carraspeos que ensayás cada mañana sin estar enfermo? —ironizó, arrastrando una torre con un chasquido seco.

—Exactamente. Andar con el paso vencido, la voz rota y esos dolores que pasaron de ser simples llamadas de atención a transformarse en invasiones de jornada completa. Cada amanecer debuto con algo: un surco inédito en el rostro, un fármaco de potencia industrial que tintinea en el pastillero o un pestañeo involuntario a mitad de una jugada. Al principio les hacía un funeral dramático, pero ahora los acepto como parte del mobiliario.

Mi visitante movió su alfil. El hielo imaginario de su aliento hizo sudar el contorno de mi vaso.

—He notado que tus proyecciones a una década se esfumaron del tablero.

—¿A una década? —solté una carcajada que terminó en un eco ronco—. Planificar mi agenda más allá del almuerzo ya me parece un acto de extrema rebeldía. El futuro distante se convirtió en literatura fantástica. La verdad es que venimos de fábrica con un sello de caducidad idéntico al de los lácteos de la nevera. Hace unos días renové mis credenciales oficiales por otra década completa. Firmar ese plástico no fue asegurar un mañana; fue una timba pura contra el destino. Estoy seguro de que los dioses sufrieron un ataque de risa allá arriba.

Le di un golpecito burlón a mi torre de madera y miré a mi rival con una mueca socarrona, disfrutando el sabor del licor en la lengua antes de hablar.

—Apuesto lo que quieras —añadió con un tono mordaz—. El plástico bancario sabe perfectamente que mi rentabilidad expiró. Mi permiso de conducir junta polvo porque los oficiales de tránsito se aburren de perdonarle la vida a un tipo de cabello blanco, y el carné de salud me agenda las revisiones médicas para mediados del próximo siglo... ¡un auténtico chiste! En las oficinas financieras ya no me fían ni el bolígrafo barato y cuando camino por la acera me saludan con un respeto que suena a plegaria religiosa. Por eso mandé todo al diablo y cambié la estrategia: ahora compro en plan de urgencia absoluta, de a poquito y al día. Sé muy bien que unas zapatillas de lona de tienda de barrio o esta misma almohada vieja donde apoyo la espalda me van a sobrevivir. Toda mi existencia cabe ahora en una mochila de viajero ligero.

El Tiempo tamborileó sus dedos etéreos sobre el borde del tablero, haciendo que un peón negro vibrara levemente antes de preguntar:

—¿Andás sin fondos de reserva entonces?

—Los canjeé por una silla mecedora frente al vidrio. Olvidé las finanzas digitales para enfocarme en los trámites del descanso definitivo. Contemplo el tránsito de la calle como un transporte que ya no me interesa abordar. Mis transacciones actuales son alimentos para la jornada, páginas para la semana y esta botella de coñac para inspirarme. Si adquiero zapatos, exijo que su suela sea de corta duración. Ya no me interesan las garantías de por vida; una sola existencia me parece más que suficiente, muchas gracias.

—¿Entonces la vajilla fina se queda guardada? —preguntó, amenazando a mi rey con un golpe firme de su reina.

—A estas alturas, cada minuto es una gala o ninguno lo es. Ahora prefiero despilfarrar en placeres mundanos: el aroma de este trago al caer la tarde, un relato picante bien narrado o una melodía vieja que me engañe haciéndome sentir de veinte años. Solo invierto en lo que se evapora al instante: miradas cómplices, silencios compartidos y carcajadas limpias. Me volví un derrochador absoluto de tus minutos, y no siento ni una pizca de culpa. Me burlo en la cara de tus manecillas.

Solté una carcajada sabrosa, un estallido ronco y pleno que retumbó en las paredes desnudas de la cocina, disfrutando el desconcierto en el rostro invisible de mi oponente.

Giré el vaso, apurando el último sorbo ardiente de coñac que me entibió el pecho y me invitó, por fin, a buscar el sueño. El Tiempo sonrió, dándose por vencido por esa tarde, y se diluyó en la penumbra del tablero. 

El anciano caminó con calma hacia su habitación, celebrando su pequeña victoria diaria. Se fue a acostar y, antes de dormirse, apagó las luces y contó hasta diez.

Nota del autor:

“El texto que les comparto, nació de una paradoja: la vejez suele pintarse como un tiempo de pérdidas, pero ¿qué pasa cuando descubrimos que en realidad nos llenamos de novedades?

Esta es la crónica de una tarde cualquiera en la cocina de un hombre que decidió dejar de ahorrar futuro para empezar a derrochar presente, que 
busca explorar la vejez desde la trinchera de la ironía y el desapego material.

Inspirado en la premisa chejoviana de "mostrar antes que contar", el texto sustituye los datos estadísticos de la edad por texturas cotidianas:  el tintineo del pastillero y el aroma denso del coñac, construyendo un diálogo donde el protagonista no teme al fin del viaje, sino que lo celebra sorbo a sorbo con su coñac.


Espero que puedan oler el coñac y escuchar el crujido de la madera"

 

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