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viernes, 12 de octubre de 2018

Morir a una nueva vida

Literautas nos propone para este mes de octubre enviar un relato que lleve implícita la frase "todo el mundo era feliz hasta que…" como reto opcional terminarlo con la palabra aplausos.

El siguiente es mi relato:

Adriana, una adolescente de Denver, es hija única y por ello sus progenitores le cumplen hasta el último de los caprichos. Su egoísmo y falta de sensibilidad la hacen tener el concepto que así como ella, todo el mundo era feliz hasta que…. 

Se trasladó a estudiar a Londres para volar libre cual mariposa. Comenzó a tener una vida muy agitada, donde la diversión hasta la madrugada le era rutina, por eso no le extrañó cuando empezó a sentirse indispuesta, sin ánimo de salir. Al comunicárselo a su madre, ella le recomendó visitar al médico. Esta alma libre en rebeldía no quería aceptar que estaba enferma, pero al no poder lidiar con los síntomas, tomó el consejo. 

Luego de la primera consulta, el galeno le indicó realizarse varios exámenes antes de emitir un dictamen. Con todo listo vuelve a visitarlo. Al salir del consultorio, se limpia los mocos con la manga del suéter, sus piernas apenas la sostienen por lo que busca donde sentarse. Le pesa el cansancio, le faltan las fuerzas, el frío le cala hasta los huesos y aprieta los labios para aguantar un desconsolado llanto. Hoy es uno de esos días en que las alas no le responden y sus intentos por batirlas son en vano. 

El candado del dolor no solo le detiene el paso sino que también su corazón está de luto, sus padres ya no van a estar, cuando venían de viaje a acompañarla en la cita médica, el avión explotó en el aire. Esta orfandad que siente, más el diagnóstico, le llena cada rincón y los sueños quedan aplazados. Para ella es un día en que el pincel de la vida pasó por la paleta de colores y lo empapó de gris. Se lleva las manos al rostro y cierra los párpados, tan fuerte, para que las imágenes que le mostró el galeno y que están grabadas en la retina, mueran aplastadas para no ver más ese escenario que le espera. Es consciente que partir de ahora la vida se le va como la arena que arrastra el mar en la playa. Saca fuerzas no sabe de dónde y se levanta de la silla. 

La recibe el bullicio de la calle, comienza a caminar sin rumbo, su actitud es ajena a todo a su alrededor, tal parece que no escucha ni el murmullo de la gente, ni los pitidos de los coches. 

Van dos horas de ese andar y cayó el telón de la noche, teme al miedo de estar sola en casa, por eso una idea cobra más fuerza en su cabeza. Aligera el paso en busca de dónde hacer realidad su objetivo. Al llegar al umbral del puente, a modo de obstáculo un joven en silla de ruedas detiene su acelerada marcha. 

Es Kerem, tiene su propia historia médica, para quienes lo conocen brilla por su forma de enfrentar dificultades, las cuales convierte en motores ruidosos para motivar a los demás. Él siempre vuelve a ese lugar, donde hace unos meses al borde del precipicio, iba a tomar una decisión equivocada y una voz abrigó el frío de su cuerpo, forjándole un cambio de vida, desde entonces hace lo mismo con quienes llegan allí y reflejan pensamientos que parecen burbujas que emergen de un cazo de agua hirviendo. 

—Te he estado observando, creo saber lo que te ocurre —dijo el muchacho con tono amigable y directo. 

La chica le esquiva la mirada. 

—Mírame, la vida ha sido dura conmigo, pero soy un roble, sigo luchando. 

Ella al mirar lo profundo de sus ojos celestes, se deja ir en ese mar y suelta su dolor. 

—Tengo leucemia. —Llora desconsoladamente en el regazo del extraño. Pide aliento a la luna y deja fluir una cascada de palabras al contarle su historia. 

—Pon tu mejor sonrisa, deja de acurrucar la tristeza y acunar el sufrimiento que no te ayudan a afrontar la situación y convierte ese enojo en una energía positiva. Nadie puede hacer por ti, lo que tu misma debes hacer, la existencia no admite representantes. Si deseas mi compañía, estaré contigo —anima el joven. 

Han pasado algunos años, Adriana tuvo que sufrir un cambio brusco y doloroso para entender que la felicidad no la da lo material sino que es un manantial que nace dentro y se desborda al solidarizarse con los demás. 

Hoy junto a Kerem dirigen un grupo de apoyo para enfermos oncológicos. Y al contar sus testimonios de sobrevivencia, son abrazados con un cúmulo de aplausos




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